Rafael Cid Tapia. FLECOS DE ENSOÑACION AL PAISAJE. 2003

antonio de avila

FLECOS DE ENSOÑACION AL PAISAJE


        Mi acercamiento a  la obra, y especialmente a la persona, del  pintor Antonio de Avila se va a producir en la Feria ARCALE 2002, donde tengo el privilegio de compartir informal tertulia televisada desde los espacios de la galería Reyes Católicos de Salamanca.

Va a sorprenderme, o no tanto, la claridad de ideas del artífice de  aquellos cuadros tan afirmados de seguridad, y porque  no decirlo, eficacia, que se muestran a nuestra espalda en su mayoría de sello paisajista. ¿Es la causa de aquella seguridad un convencimiento militante de cómo debe entenderse en general la pintura, o más bien surge consecuencia de una dominación del modo de resolver los cuadros?   ¿ Ideólogo de la figuración o maestro de la manualidad de pintar?. En cualquier caso  reúne sin duda A. De Avila esas virtudes que amparan y adornan  a los creadores históricos, aquellos cuantos conjugan positivamente realidad exterior y, bajo un sello personal, todo el ejercicio en pigmentación plana de la misma.

¿Qué define esta pintura y que la singulariza?. Sin duda es definición, aquí  plasmada, una preferencia y hasta condescendencia al paisaje concedida en tratamiento de protagonista único. Todo él se estructura y organiza entorno a delineados puentes, edificaciones varias y horizontes que van marcando aquel riguroso esquema que la vegetación, y alguna forma orgánica, completa y dulcifica. Nada es dejado al  azar en esta imagen en esta bella marca que en extensión, por lo general sobre la madera, se nos ofrece siempre apetitosa.

¿Y como se sustancian  estas formas o como se formula la pincelada en superficie?. Es una constante, que una "geometría" de rasgos Cezanne esta, con cierta frecuencia, presente en el actuar de muchos pintores de los denominados realistas, posiblemente también en de Avila de una forma inconsciente, o como señuelo que un día le guiara. Sin embargo, es curioso, no aparecen, yo al menos no detecto por parte alguna, los enfoques de trasgresión colorista de Benjamin Palencia o su simbología- esquema que hubiera sido casi lógico en quién un día participase en su taller.

Es justamente la pincelada, muy característica en esta obra, aquello que finalmente sella, como un invariante estilístico, todo su abanico de imágenes. Ese desflecamiento del pincel- paleta que barre al lienzo de filamentos coloreados hasta agotarse, junto a esas pastosidades cubrientes que en zonas traslucen oquedades, está imprimando todo ello esta jugosa pintura, imprimiéndole su marca de fábrica. Hay soltura y sutileza en esta forma de pintar en la que, por otro lado, nunca se deja al azar la elección del color. Gusta Antonio de Avila de la pigmentación agrisada y compleja- sin embargo limpia- donde ocres, verdes secos  o calderas deben, todos ellos, danzar a un mismo ritmo de entonación. Una luz nada deslumbrante resbala por los perfiles de todas las formas que se van a cruzar por su camino, evitándose así cualquier contraste efectista, pues ella ha sido gestada desde la propia  materia pictórica.

Brumas y nieblas deambulan por estos cuadros a los que no interesa para nada ser alegres sino enjundiosos, dentro de este lirismo que les aporta su iluminación siempre decantada o más cercana, a lo norteño que a  lo levantino. Un pintor charro, González Ubierna, parece evocarse aquí en estas imágenes urbanas- aunque hoy sin personajes donde la arquitectura a menudo domina la escenificación, y donde la parcela de cielo no siente necesidad alguna de desligarse de lo corpóreo de arboles y casas, pareciendo incluso que buscase su misma escritura gráfica de forma y color.

Una falsa apariencia  de pintura rápida es la característica que de entrada parece ser impronta de este hacer. Ello es consecuencia de un gusto, nunca ocultado, por la siempre pintura fresca, directa, y elementalmente elaborada, que no se pasa de manipulación ni se detiene en lo anecdótico de la imagen, pues en ella y desde ella se tiende a la síntesis como objetivo final.

Tras el análisis, en las anteriores líneas esbozado, dispongamos relajadamente a pasear por estos soñados y casi reconocibles paseos bajo los acogedores arboles, crucemos estos pétreos viejos puentes, asomémonos  a estas desvencijadas ventanas de palacete, u oteemos desde estos altozanos, o en el valle salpicados por las aguas torrentera de un arroyo. La pintura de Antonio de Avila, de signo intemporal, se nos presenta como una dulce tentación. Es esta, la de lanzarnos confiados en su lecho de propuesta  icónica para así embutirnos en sus confortables espacios. Caigamos en ella.


                                                                              Rafael Cid Tapia.

            ( De la Asociación Española de Críticos de Arte)

                                                         A. E. C. A.


www.antoniodeavila.es