Tomás Paredes, UNA PINTURA COMPLACIENTE. (febrero de 2013)

antonio de avila

                                   

                    UNA PINTURA COMPLACIENTE.




Tanto el título de la exposición como el perfume invitan a la lírica; mas, quiero huir de  la retórica. Jardín, silencio, rincón, perfume, magia, suenan a Soto de Rojas, al hortus conclusus, misterioso, pero esta pintura es diáfana, pretende complacer y complacerse.


El arte es resultado. De sólito, hablamos de honestidad, de verdad, de pureza…¡Señuelos para despistar! Importa lo que resulta de la manipulación del autor. Antonio de Ávila es un pintor que vive de la pintura, por la pintura, para la pintura, en la pintura. A la usanza clásica se ha dado a conocer con el topónimo de su lugar de nacimiento. Ávila se inició en el mundo del arte a través de la figuración costumbrista, pasó después al expresionismo, al hiperrealismo, al realismo mágico; derivó, más tarde, hacia el paisaje, el retrato, aún, a la pintura blanca, para acabar en sus jardines, orquídeas y rosales.


Ahora nos muestra una selección de sus últimos tres años de trabajo. Sin prisa, pero sin pausa, ha dado una vuelta de tuerca a esta postrera iconografía, empleando telas, collage, mezclando óleo y acrílico, al soporte de pvc expandido y al metacrilato como efecto, haciendo dialogar las veladuras y las transparencias. Todo ello para buscar nuevas sensaciones que provocan nuevas emociones.


El cuadro es un medio para aquello que quiere comunicar el artista. Y mucho más.  Quienes se agarran a la manoseada actitud de que pintan lo que quieren ajenos a todo, mienten o se engañan. El autor pinta para conmover, impresionar, hechizar o fustigar al espectador. El pintor necesita vender, es decir, crear un objeto trascendiendo la entidad objetual, que alguien requiere por placer sensorial o intelectual. Para ello, debe crear un mundo visual que aflore la sensibilidad del otro, despertarla, enriquecerla excitarla.


El arte no es un hobby, es una necesidad, un determinante, una forma de vivir, de concebir un mundo propio con el que comunicarse. Acostumbrados a la publicidad de los nombres mediáticos, parece que tras ellos no existe nada o sólo una gleba de pequeños aspirantes. Pero, como sintió Maurice Maeterlinck: “no hay vidas pequeñas: cuando las miramos de cerca, toda vida es grande”.


Cuando contemplamos ese rosal amarillo pajizo, que nos aprehende y nos sorprende, que nos embarga y nos da placer, no pensamos en una vida pequeña, sino en la belleza, en un indicio claro de grandeza expresiva, en la transformación mágica de la materia.


Acostumbrado como está Ávila, a pintar del natural, podríamos pensar en una copia de su jardín, en una representación. No, se trata de una recreación de su taller, haciendo suyo el pensamiento de Edvard Munch, que repetía: “no pinto lo que veo, sino lo que vi.”.


Solaz del espíritu, esta pintura que es ambiciosa – toda creación es ambiciosa aunque vista ropajes de sencillez- no está hecha para decorar, sino para llegar al sentimiento, para inundar de perfume un corazón que esta en la vida, sin desdeñar un paraíso.¡Enseñar deleitando con naturalidad, que belleza, que meguez!.



                                                                                                                 Tomás Paredes

                                                                                         Presidente Asociación Española de Críticos de Arte


www.antoniodeavila.es