Juan Antonio Tínte, ANTONIO DE AVILA: DE ORQUÍDEAS, ROSAS Y ROSALES, marzo de 2011

antonio de avila

                       

                      ANTONIO DE AVILA: DE ORQUÍDEAS, ROSAS Y ROSALES.




Apreciar la dimensión de un pintor dejándose llevar por ese primer impacto que se suscita ante el encuentro con la obra, se radicaliza cuando el sentido advierte que aquello que el artista nos presenta elaborado, es una epístola abierta; un lugar en las intenciones nunca antes conocido, un requiebro de la inteligencia emocional para emocionar, una decisión, un decir mostrando mas que diciendo, un estado de la materia artística que nunca antes había sido antes de la pintura del pintor.


Digo esto porque he visto a Antonio de Ávila pintar sin escondites. He visto el lienzo en blanco hasta hacerse lugar y motivo donde antes no hubo ni sospecha de luz. Y es que ser testigo del hacer, es mucha cosa. Es estar durante el pensamiento en color y forma del pintor, para darse cuenta que, cada cuadro, ademán, velado y proporción no es otra cosa que espacio creado, ingenio y espíritu convocado al cónclave de la estética llegado de épocas cargadas de experiencia, abriendo el paso a la depuración trabajada y compleja que destila la sólida impronta de lo perenne.


Y es que bajo la sencillez del título que da origen a esa muestra, Antonio de Ávila nos sitúa en ese espacio intermedio entre la melancolía y la exaltación, entre el estremecimiento técnico y la solicitud de una serenidad acentuada por la intensidad de los motivos sobre el escenario de lo crudo y el desamparo de los vacíos. La naturaleza, se asoma con piel aterciopelada, pliegues y luz en solitario encuentro consigo misma, caprichosa en sus formas y valiente ante sus propias sombras.


El pintor, no adereza sino escucha y pinta, escruta el significado del plácido rutilar de la flor, las flores y sus hojas, los tallos y el intrincado edificio arracimado del germinar prestándose a la mirada.


Antonio de Ávila, desnuda de lugares cada composición. Nos las hace llegar en su encuentro con las sensaciones. No es pues naturaleza pintada, sino la anatomía perfecta de un universo tan bello como efímero, tan arcadio como renovado, tan cautivador como extraordinario es el ritmo áureo de sus crecimientos azarosos, tan sólido como evanescente su lozanía y tan a tierra postrado como enigmático el sentido que guarda cada pétalo abrazado al cáliz donde se sujeta a la vida.


                                                                                            Juan Antonio Tinte

                                                                                            Crítico de Arte

                                                                                            Profesor Asociado Universidad Complutense.


www.antoniodeavila.es